jueves, 18 de junio de 2020

Introducción y capítulo 1 de "La cruz bizantina".


Introducción

Targoviste, Valaquia 1462

La luna llena alfombraba los bosques de la ribera de sinuosos
claroscuros. La húmeda bruma, que ascendía espesa, glotona,
se enroscaba sobre los anchos troncos de los árboles y
los engullía como la boa que ingiere a un animal entero y,
con terca paciencia, se dispone a pasar semanas de lenta digestión.
La leve corriente del río Arges era el único sonido
en aquella noche en que un rayo de luna iluminaba la faz pálida
y mate de Vlad Tepes.

Vlad Tepes «El empalador» guardaba silencio en los momentos
previos al asalto contra el poderoso ejército de Mehmet
II. Sus oficiales se situaban tras él y le acompañaban en
ese silencio siniestro, tangible y tenso. Las fuerzas de Mehmet
II eran muy superiores en número; pero la audacia, la
crueldad y los métodos de disuasión de Vlad Tepes podían
hacerles frente. «El empalador» era un explorador eficiente
del lado oscuro de la naturaleza humana. Su táctica de guerrillas
resultaría más eficaz si se acompañaba de acciones
que sembraran el terror y dejaran una leyenda mortífera que
sacudiera las curtidas e impasibles emociones de aquellos
soldados y oficiales acostumbrados a una época de guerras,
saqueos y cruzadas. Veinte mil turcos empalados debían disuadir
a Mehmet II de intentar ocupar los territorios de Valaquia
y provocar su retirada. Aquella madrugada el asalto
sería definitivo.

La caída de Bizancio, pocos años antes, causó una gran
turbación enOccidente.Muchos creyeron ver en esa conquista
el fin del cristianismo. Y Vlad Tepes era lamisma encarnación
del diablo, pero era la primera línea de defensa de los territorios
cristianos frente a la amenaza del poderoso imperio
otomano. Sometía a sus enemigos a torturas y tormentos brutales.
Los empalaba, los mutilaba, les cortaba las extremidades,
untaba los muñones sangrientos con sal y los daba a comer
a los animales. Su fama se extendía por toda Transilvania
y Valaquia. El temor que inspiraba obligaba a vecinos y vasallos
a rendirse a su poder y servirle. Organizaba banquetes
entre campos sembrados de enemigos empalados en medio
de un olor y un paisaje infernal que dejaba marcados de por
vida a sus invitados. Y si alguno manifestaba alguna queja
por el espanto ofrecido era empalado en el acto.

En aquel reinado del infierno, muchos pueblos y pequeñas
comunidades de su territorio fueron víctimas de su
crueldad. Algunos, obligados por el temor a las represalias,
se sumaban a su ejército que necesitaba cubrir las numerosas
bajas que provocaba el constante asedio de los turcos.
Uno de los oficiales de Vlad Tepes, Silviu, rezaba solo.
La aversión y el profundo odio que sentía hacia su señor era
proporcional al temor que éste le inspiraba. Tomó un puñado
de tierra húmeda, se lo acercó al rostro, respiró profundamente
y presintió el siniestro aroma de la muerte. Su memoria
viajó tres años atrás.

Tras someter a un grupo de colonos alemanes, Vlad Tepes
había llegado a un campamento gitano y había ordenado
a los varones que sirvieran en su ejército. Tres patriarcas
intentaron disuadirle argumentando que la suya no sería una
aportación valiosa para sus fines, dado el carácter poco beligerante
de su pueblo y la inexperiencia en las artes de la guerra.
«El empalador» los asó vivos y ordenó a los demás miembros
del campamento que se los comieran bajo amenaza de
empalarlos, o se unieran a su ejército para luchar contra los
turcos. Los hombres cedieron al horror y se sumaron a las
fuerzas de Vlad Tepes.

Silviu, gitano, valeroso y honorable, volvió a oler el puñado
de tierra húmeda, la soltó y se santiguó estremecido. Inspiró
profundamente y pidió perdón a Dios por servir al príncipe,
por una lealtad fundada en el terror. Amaba a su pueblo
y vivía atormentado, en constante angustia y aflicción por ser
testigo y parte en las atrocidades cometidas por su señor.

Pero todo acabaría aquella noche.

Tras someterse a Vlad Tepes, Silviu le había servido eficazmente,
había aprendido y destacaba como un hábil estratega,
diestro con las armas y un liderazgo que inspiraba
a los soldados a dar lo mejor de sí mismos en cada batalla.
Había conseguido brillantes victorias en sucesivas escaramuzas
contra los turcos, lo que le había procurado la confianza
de su odiado y temido príncipe. Tal reconocimiento
le dolía en el alma y rogaba al Altísimo que le diera valor y
firmeza para enfrentarse a su señor y liberar a su pueblo.
Pero el temor que inspiraba Vlad Tepes «El empalador» era
más poderoso que su ardiente deseo de liberarse de él. Cada
día, cada minuto, cada batalla, cada asalto a espada, cada lucha
cuerpo a cuerpo, cada noche no eran más que sufrimiento
clavado en lo más hondo de su corazón. Pero por
más que se sintiera consumido por la angustia, por más que
deseara verse atravesado por el acero, había algo en Silviu
que le daba fuerzas para superar cada trance de un destino
adverso: el deseo de reunirse con su mujer, sus hijos y su
pueblo. Silviu sentía un odio ilimitado a su señor que se convirtió
en la fuente de energía que le permitía levantarse cada
mañana y luchar.

Vlad Tepes percibía en los negros y fieros ojos de Silviu
la semilla de un odio enconado enfrentado a una lealtad que
sólo se mantenía por el temor a la suerte que pudiera correr
su familia y su pueblo. El príncipe, que lo había incorporado
a su estrecho círculo de confianza, seguía de cerca su evolución,
alerta ante imperceptibles cambios que pudieran suscitarse
en él.

Tras largas noches de insomnio y de reflexión en medio
de las campañas, cada una más sangrienta que la anterior,
Silviu, no menos inteligente que su señor, decidió asumir
riesgos y liberar a su pueblo. Había trazado unminucioso
plan para escapar y salir para siempre de Valaquia, y lo había
hecho llegar a los otros patriarcas a través de emisarios
leales. Aquella madrugada en que comenzaría el ataque contra
los turcos, a una señal convenida, ordenaría la retirada
de los guerreros gitanos, lo que dejaría a las fuerzas de su
príncipe confusas y obligadas a multiplicar sus esfuerzos
para contener al enemigo. Silviu aprovecharía el frente de
batalla para huir con su pueblo y comenzar una nueva vida,
probablemente en Venecia. Los patriarcas se habían coordinado
para preparar la huida. Era una operación de un calado
complejo, perfectamente engarzada entre los soldados
que luchaban y el campamento en los que mujeres, niños y
ancianos ya habían iniciado la marcha y debían estar atentos
para encontrarse con los desertores.

El momento había llegado.

Silviu ocupó su posición frente a sus hombres a la espera
de órdenes. Cogió su espada, la miró y pensó en los centenares
de vidas que había segado. No pudo evitar el recuerdo
de la tortura que Vlad Tepes había infligido a su padre, uno
de los tres patriarcas a los que había asado, y derramó lágrimas
que se apresuró a secar ante la presencia de los soldados
a los que comandaba.
En las proximidades de la ribera las tropas de Mehmet II
iniciaron la batalla. Silviu se santiguó de nuevo y dio órdenes
para el ataque con voz rotunda.

Tras unas escaramuzas previas al asalto definitivo, Silviu
ordenó la retirada a primeras posiciones. Los soldados, desconcertados,
obedecieron y se encontraron con que el contingente
turco, sorprendido por la inesperada retirada, aprovechó
la ventaja para intensificar la lucha cuerpo a cuerpo. Silviu
dio una señal a su lugarteniente, y este hizo seguir una cadena
de mensajes hasta que este llegó a todos los soldados
gitanos. En mitad de la lucha Silviu dio una orden, y los soldados
gitanos, perfectamente coordinados, se retiraron del
campo de batalla dejando al resto de fuerzas de Vlad Tepes
luchando contra los turcos. Vadearon el río hasta la otra ribera,
montaron en los caballos, ocultos entre la espesura del
bosque, y salieron al galope para encontrarse con su pueblo.
Atravesarían Valaquia y el reino de Hungría hasta llegar a Venecia
donde decidirían un nuevo destino para su pueblo. Una
caravana formada por más de seiscientos hombres, mujeres
y niños emprendió la larga marcha hacia la libertad.
Vlad Tepes fue informado de la deserción de Silviu y de
los soldados gitanos. Inflamado de furia, exigió a sus oficiales
que dieran el máximo en la batalla. Finalmente, con audacia
y arrojo pudo contener y derrotar a los turcos en menos
de tres días. Consciente de la traición de Silviu, reunió a
un cuerpo de su ejército y siguió el fácil rastro dejado por caravanas
y caballos.

Vlad Tepes «El Empalador» sometería a Silviu a una lección
que jamás olvidaría.

Silviu, entretanto, conducía con fe a su pueblo lejos del
dominio de Vlad Tepes. Conocía los riesgos y el valor de su señor
en combate, y dejó en la retaguardia un retén de seis hombres
a caballo, que se turnaban en parejas para verificar y asegurarse
de que las fuerzas de Vlad Tepes no les seguían. Cada
cierto tiempo, dos de ellos regresaban y daban cuenta a Silviu
de que el camino seguía expedito y la salvación cercana. Al
amanecer del sexto día Silviu se sintió inquieto, el relevo no
llegaba. Ordenó a su lugarteniente que siguiera avanzando y
salió con tres hombres a caballo en busca del retén.

Volvieron sobre sus pasos, se adentraron en el bosque y
galoparon durante horas. Cuando llegaron al lugar en el que
el retén debería haber estado acampado, salieron del camino
en dos parejas formando una horquilla. Silviu sabía que Vlad
llevaría un cuerpo de guardia con cientos de sus mejores hombres,
mucho más livianos y veloces que los carros con mujeres,
niños y ancianos.

El cielo había amanecido de un color gris oscuro, con
nubes muy bajas que formaban densas brumas y daban a los
bosques un aspecto fantasmal y tenebroso, trágico. La cerrada
humedad y la sensación de oscuridad pese a lo avanzado
de la mañana hacían dudar a Silviu de su valor tantas veces
demostrado en combate. El bosque olía a muerte. Los cuatro
hombres se reunieron de nuevo sin aportar nada nuevo. No
había rastro de sus perseguidores, ni de sus compañeros. Silviu
aguzó el oído, olfateó el aire y presintió algo en la lejanía.
Su mente, su corazón, tradujeron ese presentimiento: un
vago ulular. El rostro de Silviu demudó a un blanco céreo.
Vio, oyó y sintió los gritos provocados por las demoníacas
torturas que solo su señor podía infligir. Intuyó la masacre y
azotó con furia a su montura para que corriera como si su
último aliento le fuera en ello. Sus hombres comprendieron
lo que reflejaba la expresión de su rostro y le siguieron a todo
lo que daban sus caballos.

A medida que se acercaban, la atmósfera se iba haciendo
irrespirable y un olor acre lo invadía todo, un olor de cuerpos,
sangre y vísceras quemados, un olor de un fuego devastador;
un olor sordo, trágico e infernal como era la naturaleza
perversa de Vlad Tepes. El camino estaba salpicado de miembros
amputados: manos, pies, cabezas, genitales…. El humo
de cuerpos abrasados se fundía en un macabro abrazo con la
espesa niebla, los cuerpos se desangraban formando un arroyo
de un espeso, sangriento y enlodado rojo muerte. En los últimos
estertores de una agonía cruel y terriblemente dolorosa
algunas víctimas aún aullaban, los pocos que aún mantenían
un aliento de vida, pedían el fin del salvaje sufrimiento.
Silviu se arrodilló, se santiguó, pidió perdón a Dios y él
y sus hombres decapitaron a los sobrevivientes terminando
el trabajo que su señor y príncipe había comenzado. Él, que
solo anhelaba liberar a su pueblo, se vio matando a sus hermanos
para liberarles del atroz sufrimiento.

Dos de los hombres que le acompañaron enloquecieron
y Silviu se vio amenazado por ellos. Sus iguales, sus aguerridos
y bravos compañeros de combate blandían sus espadas
contra su derrotado liberador con la mirada extraviada y sanguinolenta.
Silviu decidió dejarse matar por sus leales hombres
con la vana esperanza de aliviar su propio tormento.
Pero, cuando estos se aprestaban a poner fin a su vida, unas
certeras flechas vinieron a dar en ellos abatiéndolos. El tercero
de ellos, sin darle tiempo a desenvainar su espada, recibió
cinco flechas y cayó muerto al instante.

Vlad Tepes, escoltado por sus hombres, salió de la espesura
del bosque con la esposa de Silviu. Unas decenas de
metros atrás, en un claro del bosque que coronaba un barranco,
cientos de soldados y oficiales estaban sobre sus caballos
con los rostros demacrados, agotados, de la batalla contra
los turcos, de la persecución y de la última atrocidad de
la que formaron parte: el exterminio del pueblo de Silviu.
Ella llevaba un collar de púas del que pendían dos cadenas
unidas a dos grilletes puestos en los tobillos de sus hijos, que
lloraban y gritaban aterrados, sin comprender que sus movimientos
laceraban más y más el cuello de su madre. La sangre
le caía en regueros abundantes hasta el pecho desnudo y
mancillado por la lascivia cruel de su señor. Vlad Tepes sonreía
neutra e insípidamente y clavó su mirada en los ojos de
Silviu para comunicarse telepáticamente con él, quien se vio
sacudido por un repentino y fortísimo dolor. Se golpeó la cabeza
con las manos como si así pudiera librarse del sufrimiento,
gritó y aulló hasta que Vlad Tepes dejó de mirarle.
El intenso dolor desapareció.
Presa de una revelación maldita, Silviu no pudo articular
palabra alguna. Miró a su esposa y a sus hijos. Levantó la
cabeza hacia el cielo y profirió un grito desgarrador que llenó
la bóveda celeste, lo que provocó que los hombres de Vlad
dieran un paso atrás. Arrancó de sí sus últimas fuerzas y corrió
hacía su señor y príncipe alzando su espada. Vlad pidió
a su guardia que permaneciera al margen, se apartó de la mujer
y aguardó tranquilo, pues sabía que la ira, el odio y la rabia
hacían vulnerable a Silviu. Pero éste no se detuvo en él,
se volvió a su esposa y sus hijos, les pidió perdón, les dijo
que los amaba y, enervado por un grito aterrador y escalofriante
que buscaba insuflarle de energía y valor, los decapitó,
librándoles así de una lenta agonía. Vlad Tepes bramó y
ordenó a sus hombres que lo capturasen.

Silviu se destrozó la garganta, de su boca no salía sonido
alguno. Arrodillado y sometido, sus manos temblaban, su
cuerpo convulsionaba de forma sincopada con los estertores
rítmicos de una risa muda. Se sabía vencido vencedor. Había
privado a su señor y príncipe de un espectáculo hecho a la
medida de su crueldad. Le miró a los ojos y le escupió sangre
y lodo. Mantuvo su mirada, ahora serena e imperturbable,
mientras su espíritu rogaba por el perdón. Perdón por
servir al mismo hijo del Infierno, perdón por llevar a una
muerte segura a su pueblo, perdón por acabar con la vida de
su esposa y sus hijos. Sólo le quedaba encomendarse a la misericordia
de Dios, y no sentía miedo.

Vlad, nervioso y, quizás por vez primera, abrumado por
el firme arrojo de su, antes, valeroso y leal servidor, le tiró al
suelo de una patada y le pisó la cara enfrentándola a la de su
esposa. Mandó traer las cabezas de sus hijos e hizo que las
colocaran junto a la de la madre. Silviu intentaba no mirar.
Vlad Tepes desenfundó una espada corta y se la hundió en el
costado. Silviu no gimió, sólo respiró con gran dificultad,
miró a las cabezas decapitadas y les pidió perdón una y otra
vez. En un último arranque de coraje, Silviu, con otro grito
ronco y espeluznante se levantó, corrió, atravesó con una
fuerza sobrehumana la línea de soldados que escoltaban a
Vlad Tepes y se lanzó en caída libre por el barranco que lindaba
con el claro del bosque. Los soldados no reaccionaron,
sorprendidos y exhaustos como estaban, por el inesperado
arranque de Silviu. Lentamente se asomaron al borde y abrieron
un hueco por el que se asomó Vlad Tepes con gesto de
furia. Los soldados se echaron unos pasos hacia atrás. Tras
las espesas copas de los abetos alcanzó a ver el cuerpo de Silviu
tendido y exánime.

                                   Universidad de Nueva York, julio de 2018

No me conocen, pero deberían. Mi nombre es Rufus Von
Schroeder, doctor en Medicina por la Universidad de Nueva
York, doctor en Psiquiatría y Neurofisiología por la Universidad
de Harvard. Soy psicoterapeuta e imparto clases en el
área de psicología clínica de la universidad de Chicago. Hasta
el año pasado he sido presidente de la Asociación Americana
de Psiquiatría. Actualmente soy director del centro de Neurobiología
de la universidad de Zurich, profesor invitado en la
universidad de Stanford, en la universidad de Pittsburg, en
la universidad de Viena y en la universidad de Oxford. Recientemente
he participado como ponente en un simposio
sobre Trastorno disociativo de la identidad en la Universidad
Complutense de Madrid. De este último simposio quiero hablarles.
Un querido colega, director del servicio de psiquiatría
del hospital Doce de octubre de Madrid, expuso un caso
que me interesó vivamente. El de un paciente ingresado tras
sufrir un brote psicótico con delirio autorreferencial y alteración
de la percepción de la realidad que cursaban con gran
agitación y ansiedad por lo que también se consideró la posibilidad
de padecer una esquizofrenia paranoide, aunque se
descartó este último diagnóstico. Al paciente le caracterizaba
una personalidad compleja en la que alternaba momentos
de una gran conexión con el medio y capacidad para el
análisis descriptivo con momentos de un evidente desinterés
y desapego ante la vida, una amnesia retrógrada que afectaba
a muchos recuerdos de su infancia lo que nos procuraba
un indicio de posibles abusos o maltrato. A lo que también
se agregaron síntomas que podrían corresponder a una depresión
severa. Ante la riqueza y complejidad del caso y las
posibilidades de investigar más sobre estos trastornos decidí
quedarme unas semanas y profundizar en el estudio de
este paciente con mi querido colega.
De las semanas pasamos a los meses. Los resultados fueron,
cuando menos, estremecedores. Las sesiones con el paciente
se alargaron en el tiempo dando lugar a la crónica de
unos hechos insólitos, protagonizados por este paciente, uno
de los más controvertidos, complejos y contradictorios que he
tratado a lo largo de mis más de cuarenta años de ejercicio.
Tengo ante mí una caja con más de trescientos folios de
variadas escrituras de mi paciente. A ello añado dos grandes
cuadernos con mis notas de las sucesivas sesiones con el paciente
más todo el expediente que de él me facilitó mi colega
y amigo, el doctor Javier Piñeiro, del hospital Doce de octubre.
Los hechos que se narran ponen de manifiesto los terribles
sucesos que ocurrieron en El Puerto de Santa María, un
pueblo de la provincia de Cádiz, al sur de España, ahora hace
un año. Hechos sorprendentemente silenciados por los medios
de comunicación, salvo por unas confusas noticias de ámbito
local y nacional que nunca fueron esclarecidas.
Las sesiones de psicoterapia realizadas con el paciente
ayudaron a tratar la información de sus crónicas de forma
más o menos ordenada. Mi contribución, como la de mi colega,
ha sido poner cierto orden y criterio en la redacción final
del texto que comparto con ustedes para una mejor comprensión
de los hechos que se relatan. No ha sido una tarea
fácil, la complejidad de los síntomas del paciente hacía que
éste danzara de un estado de pérdida total de la autoestima
con otros estados de febril reflexión e indagación antropológica
y filosófica. Lo deslavazado de su formación, pues no se
le conoce formación reglada alguna, ni de bachiller, ni universitaria
ni de ninguna otra clase, unido a un interés por la
filosofía y la antropología de la que tenía conocimientos precisos
pero inconexos, no ayudaba; y en noches ganadas al
sueño nos dedicamos a poner en orden la que probablemente
sea la historia más increíble y terrible que el mundo ha vivido
en el actual milenio.
Con el fin de ayudar al lector, me he tomado la libertad
de utilizar la primera persona para los hechos descritos por
mi paciente siguiendo escrupulosamente las notas tomadas
grabadas en las numerosas sesiones que pasamos con él. Los
más de trescientos folios que redactó han sido una fuente extraordinaria
por lo rico de los hechos, así como por su capacidad
para la descripción y la interpretación de los hechos
que experimentó. Gran parte del manuscrito original lo redactó
como una crónica personal. Para el resto de los hechos
de naturaleza histórica he preferido utilizar la tercera persona
y asumir el papel de narrador.
Es mi modesta contribución para la difusión de unos hechos
que de no ser por la oportunísima intervención de mi
paciente y otros personajes que aparecerán en las próximas
líneas probablemente ni usted ni yo estaríamos respirando,
hoy, este mismo aire.
Dr. Rufus Von Schroeder
Universidad de Zurich

Capítulo I

Madrid, primavera de 2017

Pasábamos la tarde en el Club Sueños en compañía de Jana,
Sandra o Hilda, que eran más o menos fijas. Solía haber una
alta rotación, y cada mes se incorporaban nuevas chicas del
este o del oeste, latinas o eslavas. Supongo que vendrían engañadas,
o no. Pero a nosotros nos facilitaban lo que nuestras
habilidades sociales no podían obtener: algo de afecto
las más de las veces y, si llegaba el parné, tal vez algo más sustancioso.
Yo estaba tan necesitado que creo que confundía a
menudo la indiferencia con el afecto. La simple proximidad
física de una mujer de buen ver—y mi criterio incluía a quienes
según el juicio más crítico de otros eran adefesios— suponía
un gran consuelo para un tipo como yo, habituado al
rechazo, y a la soledad.

El Sueños era, por uso, por costumbre y por lo inestable
de nuestros domicilios, un despacho donde recibíamos a
todo aquel a quien conturbaba alguna inquietud de la que
los Cuerpos y Fuerzas de la Seguridad del Estado no podían
hacerse cargo por lo inverosímil o lo absurdo del caso. Los
emolumentos que percibíamos por nuestros servicios estaban
también a la altura. Y casi siempre, o siempre, era muy
poca altura. Sentado en una incómoda butaca baja, observaba
con detalle un sombrero olvidado por alguien. Estaba de
espaldas a Martínez y no le di el menor indicio acerca de lo
que estaba haciendo.

—¿Qué puede deducir del examen de ese sombrero,
Manteca? —preguntó Martínez.

Estaba con las narices hincadas en el prieto canalillo de
Jana, una joven ucraniana con aspecto de enfermera de psiquiátrico,
que por un benjamín de cava soportaba con profesional
entereza aquella intromisión. Martínez no estaba para
muchas hazañas dado que el único alimento que traspasaba
su gaznate era un infumable brebaje hecho de Fanta de limón
y brandy.

—Parece que tenga usted ojos en el cogote ¿Cómo sabe
lo que estoy haciendo? —pregunté, esperando una audaz y
sorprendente respuesta.

—Y yo qué sé —dijo tomando aire para sumergirse de
nuevo en los pechos de Jana.

Siempre me sentía molesto con las veladas humillaciones
que tenía que soportar de Martínez, de su inteligencia
preclara, de sus dotes deductivas, de su perspicacia, de su
fina intuición. Pero ahora iba a deslumbrarle. Examiné con
detalle el sombrero, le di la vuelta, lo olí, lo toqué con los dedos
y con el dorso de la mano, pasé el ala con suavidad por
los labios y por la punta de la lengua, analicé toda la información
recibida y obtuve conclusiones. Me volví hacia Martínez
que seguía desaparecido entre las generosas turgencias
de Jana.

—¡Martínez!—grité—. Allá voy. Es un sombrero de la talla
60, una talla notable. La cinta del perímetro está impecable,
es de raso. El interior es de paño, al igual que el exterior, dado
que se trata de la misma pieza; es de color azul marino, casi
negro, con la etiqueta alusiva al fabricante. Huele a bergamota,
con algunas notas cítricas y un fondo amaderado, como de
sándalo. Sin duda, esta gorra pertenece a un predicador baptista
de prominente cabeza, de un metro sesenta y cinco de estatura,
patizambo, de cabellera escasa, lacia, peinada hacia un
lado (del izquierdo al derecho), viudo, que cojea levemente de
la pierna izquierda y lleva un bastón de puño derby.

Martínez se volvió dejando a Jana en la barra, que respiró
aliviada mientras se ajustaba la estrecha franja de lycra y
lentejuelas que hacía el servicio de minifalda en sus prietos
glúteos. Él me miró con sus ojos acuosos y de inflamadas ojeras,
que más que ojeras parecían saquitos; un fino hilillo de
baba unía su labio superior con el inferior.

—Manteca, coño, déjeme ver el sombrero—me dijo esputando
el hilillo al hablar.

Se lo lancé como un frisbi con un descarado mohín de
superioridad y poca fortuna, ciertamente; pasó por encima
de Martínez, que no estaba para muchos saltos, y fue a aterrizar
en la cabeza rapada de un tipo enorme de aspecto brutal
que suspiraba por los favores de Hilda Penélope, una mulata
sabrosona con curvas de puerto de montaña. Después de
disculparme, humillarme, agachar la cabeza, besar las Doc
Martens del tipo, y pagarle un par de rondas a él y a su acompañante,
me volví al encuentro de Martínez, pero ya no estaba,
y fui raudo a buscarlo al excusado.

—Martínez, ¿qué le ha parecido el examen ocular y mis
deducciones de la gorra?

Estaba arrodillado frente al retrete con una mano sobre
el canto de la tapa levantada cuando esta cedió cayendo con
un golpe fuerte y seco sobre la otra mano, que se apoyaba en
el borde de la taza. Blasfemó, insultó, maldijo y, entre insulto
y regüeldo, se incorporó con gran dificultad, se sostuvo
en un desafiante balanceo, me miró y me dio un abrazo fraternal,
cálido y entrañable. Un abrazo entre dos hombres unidos
por los avatares, las calamidades compartidas y los éxitos,
suyos, que yo salmodiaba por todos los foros que podía,
que no eran muchos, más bien uno o ninguno, si es que al
Sueños se le podía aplicar tal condición. Sentí una fugaz y
leve emoción por el afecto recibido y le correspondí achuchándome
a él mejilla contra mejilla y acariciando su rala y
rubicunda cabellera. Pero el peso de su cuerpo inerte me devolvió
por enésima vez a mi realidad. Martínez se desmayó
justo después de una arcada que anunciaba una consistente
y abundante vomitona. Al menos su olor me resultaba familiar,
ya estaba habituado a los cercos y olores que su exceso
de acidez dejaba en mi ropa. Nunca pensé que llegaría a tolerar
con tanto estoicismo lo que me traería el devenir diario
con Martínez. Le incorporé, le espabilé con un par de cachetes
y le senté en el inodoro.

—¿Qué le ha parecido el despliegue de deducciones que
he obtenido del sombrero?

Me miró con sus ojos acuosos, las bolsas que había bajo
ellos no dejaban de fascinarme, eran como pequeñas bacinillas.

—¡Y yo que sé! Manteca, ¿a qué coño huele?

Me quité la camisa aún goteante y, sí, olía fatal. La tiré
a la papelera del servicio. La camiseta apenas había recibido
nada, así que me la dejé puesta. Me quedaba algo corta y mi
abdomen quedaba a la vista, pero no importaba. La rabiosa
e irrefrenable moda y su poderosa influencia en los comportamientos
gregarios de la chavalería los animaba al lucimiento
de unos abdómenes cincelados como tabletas de chocolate
de perfectos ombligos con forma de asombro. El mío tiraba
más a soufflé, y mi ombligo a ojo de oriental partido de risa.
Quizás no fuera el canon, pero iba a la moda.

Martínez me ordenó que le pidiera otro brandy con Fanta
limón. Siempre recuperaba energías después de cada catarsis
estomacal y fue a la barra a sentarse a horcajadas en los
muslos de Hilda Penélope creándome otro conflicto diplomático
con el tipo de la cabeza rapada. Experimenté el oprobio
de nuevo por segunda vez y tuve que arreglar mis insignificantes
diferencias con el gigante, mediante el desembolso
de lo que me quedaba en la cartera más un pago con la Visa
para otro par de rondas. Me volví y agarré a Martínez de la
pechera, a duras penas le saqué del puticlub mientras me dedicaba
tacos, blasfemias ininteligibles y expresiones de gran
brutalidad. A pesar del tiempo que llevábamos conviviendo
no conseguía acostumbrarme a ellas y siempre me dejaban algo
apesadumbrado. Asido como le tenía por la chaqueta, le empotré
contra su viejo Seat 1430 amarillo con el techo negro.
Tras golpearse con la frente en el volante, arrancó el coche
juntando los dos cables pelados que había debajo. Yo no
tenía carné de conducir y me incomodaba el riesgo innecesario
que suponía poner mi vida en sus manos cada vez que subía
a su coche, puesto que rara vez lo hacía sobrio, aunque,
fractura más o menos, nunca llegaba la sangre al río. Por otra
parte, abrigaba la esperanza de que en breve le despojarían
del 1430, puesto que llevaba el carné caducado desde hacía
ocho o nueve años y tenía no menos de una docena de órdenes
de embargo, amén de varios juicios de faltas pendientes
y uno, al que asistí como público, de imprudencia temeraria.

Imposible olvidarlo, estaba frente a un colegio apurando
su petaca. Tenía una corazonada y había creído ver al famoso
traficante Pablo Escobar disfrazado de empleado de correos
en una Vespa amarilla. En plena vigilia, y presto para
una salida fulminante, pisaba el acelerador y el embrague a
la vez cuando llegó un policía local a multarle por exceso de
humos y ruidos. Martínez zanjó sus diferencias con la autoridad
dándole con la barra antirrobo en sus atributos, momento
que aprovechó para soltar el embrague, arrancar el coche
y arrollar a la Vespa. Por fortuna, el motorista lo vio a
tiempo y se tiró a un contenedor. Martínez atravesó la puerta
de entrada del colegio y acabó empotrándose contra unas
arizónicas que, en forma de arco, daban acceso a un patio.
Este intrépido alarde le costó seis meses de reclusión en
Ocaña y una fuerte indemnización de la que subsidiariamente
se hizo cargo el Estado. Martínez se defendió argumentando
que los riesgos de dar con el narcotraficante más perseguido
de todos los tiempos redundaban en el bien mayor de la comunidad.
Y así insistió hasta que el fiscal, tras no pocos intentos,
pudo participarle que Pablo Escobar había muerto
unos años atrás y que la víctima era sólo un honesto empleado
de correos con un parecido razonable.

Sus continuos excesos etílicos convertían el túnel de la
M-30 en una galería de luces y letreros ilegibles. Cuando enfilábamos
la salida hacia la carretera de Andalucía, me di
cuenta del error y se lo hice saber propinándole un severo
codazo en su debilitado hígado. Acto seguido me cubrí la
cabeza, para no ver cómo echaba marcha atrás en medio de
una abundante ráfaga de luces largas, histéricos cláxones e
imprecaciones de los otros conductores hasta tomar la salida
que nos habría de llevar a nuestras habitaciones de la Avenida
del Manzanares. Salimos al paseo de la Ermita del Santo
y al llegar a una rotonda próxima a nuestro domicilio dejó
el coche subido en el centro mismo de la rotonda y caminó
renqueando hacia el portal. Yo iba pendiente de sus movimientos,
no fuera a tomar la calle equivocada o a desplomarse
de bruces. Martínez suponía un verdadero lastre para
los centros de atención primaria, rara era la semana que no
los visitaba o él o yo, o los dos a la vez. Y lo peor es que no
los necesitábamos por el valor demostrado en nuestra particular
cruzada contra el mal, sino por nuestra falta de pericia
o de agilidad, o por nuestras nulas habilidades para el
combate cuerpo a cuerpo, aunque nuestra suerte no habría
sido distinta de haber portado algún arma, blanca o de fuego.
Sólo la Divina Providencia consentía que la cosa no fuera
a mayores.

Ya en casa y como siempre, Martínez se afanó en entrar
en las habitaciones de Primi, nuestra patrona hasta que
consiguiéramos acabar con su paciencia, para jurarle amor
eterno. Por fortuna Primi estaba vacunada contra los excesos
de Martínez y me sonrió con la benevolencia y generosidad
compasiva de quien ha conocido una larga y dura vida.
Su brutal marido había muerto, y ahora disfrutaba de una
tranquila vida con una pensión de viudedad y una ayuda de
sus hijos. Nos alquiló unas habitaciones en un gesto de generosidad,
pues nuestra garantía como clientes era lamentable.
Creo que lo hacía un poco por ayudar al desgraciado y
un poco por tener compañía, aunque creo que tras las primeras
semanas se quedó sólo con el gesto de ayudar.

Por fin pude abrir la puerta de nuestras habitaciones y
dejé caer a un Martínez flácido imposible de sujetar. Por un
momento disfruté del golpe que su cabeza dio contra el asa
de la bombona de butano. De cuando en cuando me daban
aquellos arrebatos que era incapaz de controlar. Se había partido
una ceja y sangraba escandalosamente. Me mordí el labio
inferior hasta amoratarlo mientras miraba a un Martínez
caído, doliente, humillado, ensangrentado y envuelto en la
rebaba maloliente de su vomitona. Primi había salido de la
habitación contigua al escuchar el golpe seco y me ayudó a
incorporarlo y tumbarlo sobre el somier del sofá cama. Martínez,
en un alarde de inteligencia práctica, decidió deshacerse
del colchón por viejo sin adquirir antes uno nuevo. Le
quité la camiseta con violencia y el olor del vómito me recordó
la cuenta que había pagado al cabeza rapada, y en otro
arrebato hinqué con rabia la cara de Martínez contra el oxidado
enrejado del somier. Primi me reconvino y me recordó
la caridad y la compasión para con nuestro prójimo.
Ella le aseó solícitamente y le curamos la herida de la
ceja, a la que le hacía falta un punto o dos, pero nada me apetecía
menos que cargar nuevamente con él y llevarlo al centro
de salud de modo que le vendé la cabeza como si fuera a
momificarle. Ya se cerraría la herida.

Primi me convidó maternalmente a un caldito de berzas
mientras Martínez dormía su enésima borrachera del día.
Entre sorbo y sorbo, dejé vagar la vista por una revista del
corazón que anunciaba la exclusiva que iba a dar Chumina
Pitónez acerca de los mínimos atributos, la impotencia y los
excesos alcohólicos de su marido, un afamado empresario de
la hostelería y alcalde de una conocida localidad turística en
la Costa del Sol. Perdido entre las nebulosas del glamour entré
en un reconfortante sueño.

Primi me despertó suavemente.

—Don Cosme, le espera un señor en la puerta.

Primi era la única persona que me llamaba por mi nombre,
y eso, tan poquita cosa, me devolvía algo de una dignidad
que añoraba.

—Gracias, Primi, es usted muy amable.

Me levanté y pasé a nuestras habitaciones, donde Martínez
roncaba como si la vida le fuera en ello. El joven que me
esperaba, digo joven, aunque tenía una edad indefinida, lo
mismo podría tener treinta que cincuenta años, le miraba con
curiosidad, y me pareció que con cierto temor. Cierto es que
Martínez tenía un aspecto infernal con la cabeza momificada.

—¿A qué debo el honor de su visita don…? —pregunté
con la solicitud acostumbrada.

—Cayetano, Cayetano Zancajo. Verá usted, en el Sueños
me dijeron que me podrían ayudar.

Hablaba como si le pesara cada palabra, como si se sintiera
culpable y temiera que le descubrieran. Daba vueltas a
un sombrero que reconocí como el que intenté desplegar mis
habilidades deductivas en el Sueños.

—Ese sombrero… Estaba en el Sueños olvidado.

—Así es, volví allí a recogerlo y una de las chicas, Jana,
me dio su dirección.

—Buena chica esta Jana, buena chica.

Al observar a don Cayetano, volví a mis recurrentes decepciones.
No había dado ni una: el tipo era alto, de anchas
espaldas, algo cargadas quizás, pero fuertes; tenía una espesa
mata de pelo cano, que era lo que despistaba su edad, cortado
a cepillo y no llevaba bastón alguno. Tenía un aspecto
fuerte y saludable y un rostro curtido y surcado por un amplio
abanico de finas arrugas que se abrían desde unos ojos
claros, grises, de mirada algo miope, que inspiraba nobleza
y lealtad. Parecía haber estado sometido a los rigores de una
climatología adversa.

—Deduzco que viene de alguna dura experiencia que le
ha mantenido muchas horas al sol recientemente—intenté afinar
esperando una respuesta coincidente con mis deducciones.

—Estuve en un crucero privado acompañando a la señora
para la que trabajo.

Dejé de hacer deducciones.

—Y, dígame, joven. ¿Cómo puedo servirle?

—Me han dicho que ustedes pueden resolver aquellos

asuntos de los que no podría dar cuenta a la policía porque
no me tomarían en serio.

—¿Y qué es aquello que le hace pensar que las Fuerzas y
Cuerpos de la Seguridad del Estado no se tomarían en serio?

—He traído esto.

Me entregó una carpeta que contenía la copia de algún
documento escrito a mano. Parecía una carta. Pero no quería
enfrentar ni contrastar mis deducciones desde la observación,
así que sin querer parecer petulante le pregunté.

—Y bien ¿de qué se trata?

Don Cayetano levantó la mirada, recogió con precipitación
la carpeta y movió la cabeza como si quisiera indicarme
que algo anormal estaba pasando. Me giré y vi que Martínez
se había despertado. Su cabeza momificada, que ya dejaba ver
una ostensible mancha de sangre, los vaqueros y la camiseta
con la imagen estampada de un monstruo indescriptible con
la leyenda «World Slavery Tour. IronMaiden» le daban un aspecto
poco profesional.

—¡Martínez! —exclamé—. Está despierto.

—¿Qué?

—Pues que tenemos un nuevo caso entre manos, y justo
nuestro cliente iba a comenzar el relato de los hechos.
Martínez se palpaba la cabeza al tiempo que intentaba
hacerse con un fleco rebelde de la venda que bailoteaba frente
a su cara al ritmo desigual de su respiración. Tras unos instantes
de enconada lucha entre sus manos torpes y la venda
esquiva, pudo hacerse con ella y detenerla. Ya no era cuestión
de dignidad, ni siquiera sé de qué era cuestión, pero ver
a Martínez de esa guisa, con las dos manos aferradas al trozo
de venda como quien se agarra a la barra del metro, y a
un posible cliente que miraba aquella escena con una expresión
entre el estupor, la desconfianza y la perplejidad, era
como para desalentarse. Daba por seguro que nuestro potencial
caso se esfumaría a la menor oportunidad. Traté de
arreglarlo.

—Por favor, don Cayetano. Le ruego que no tenga en
cuenta el aspecto de mi admirado jefe Martínez. Ha tenido
un pequeño accidente y para evitar males mayores le he vendado
la cabeza con poca pericia, ciertamente. Pero le ruego
que no dude en confiarnos sus tribulaciones con la seguridad
de que pondremos todo nuestro empeño, conocimiento
y experiencia para dar con una solución satisfactoria.
Confiaba en que aquella pequeña admonición disipara
los temores de nuestro cliente.Miré con severidad a Martínez,
que volvía a las andadas tratando de asir el trozo de venda que
otra vez bailaba al ritmo de su respiración asmático-arrítmica.
Daba pena verlo, no sé si no podía hacerse con ella porque
aún estaba bajo los efectos de su monumental borrachera, o
porque la merma de sus otrora portentosas facultades había
devenido en una demencia prematura. Había que atajar aquello
por las buenas sí o sí. Tomé al vuelo la venda y le di una
vuelta por el cuello para fijarla por detrás. Otra vez emergió
mi lado oscuro y apreté con morbosa intención la venda en
un instante de rabia contenida. La cara de Martínez viró a violácea
y, alarmado, aflojé la venda y remetí el fleco suelto. Parece
que aquel ímpetu, impropio de mí, le conectó de nuevo
con la realidad.

—Manteca ¿puede hacer que me sirvan un café solo?

Sin duda, querido lector, habrá observado que Martínez
siempre se dirigía a mí como si formara parte de su servidumbre.
En tiempos pretéritos había disfrutado de ama de
llaves,mayordomo, chófer, administrador…En fin, que cualquier
tiempo pasado fue mejor. Pero de aquella vida, cuyos
detalles desconozco, sólo le había quedado esa peculiar y distante
actitud de dirigirse a mí como si estuviera a su servicio
cuando se encontraba en plena «hybris» intelectual.
Era mucha la humillación; pero vivía de su talento, mal,
pero vivía. Me procuraba un techo donde cobijarme la mayoría
de las noches, me proveía de alguna compañía de pago
que mitigaba mis ardores de primavera, verano, otoño e invierno
y comía casi a diario. Las raras veces que cobrábamos
alguna cantidad o percibíamos alguna recompensa por resolver
un caso a plena satisfacción, nos permitíamos, casi ritualmente,
una botella de Brandy Lepanto con una Fanta limón
de dos litros para él y, para mí, un sándwich mixto con
doble de queso y doble de jamón con unas patatas chips y
una cerveza de litro. Martínez siempre me convencía de lo
pernicioso de las delicatesen con las que había convivido
durante años. Las ostras, el foie, la langosta, el pato, las frutas
confitadas, las carnes rojas, los borgoñas, los puros habanos
eran, según decía, la antesala del infierno, pues no
podía imaginar mal mayor que una vejez con gota, las coronarias
obstruidas, las manos con artrosis, las uñas desconchadas,
el colon irritable; en definitiva, un duelo diario
con la muerte en mitad de un escenario de dolor, infecciones
urinarias y ataques de gota. Tal pintaba el panorama que
yo prefería seguir sus sabios consejos. A mí me quedaban
ganas de preguntarle por lo que yo creía que era su perniciosa
afición al brandy con Fanta limón, pero cuando veía
venir mis intenciones apelaba a la necesidad permanente de
buscar vías de exploración espiritual que le hicieran conectar
con lo esencial de sí mismo. Me costaba comprenderlo,
pero cuando estaba sobrio, su mirada, su autoridad y su elocuencia
me abrumaban.

—Faltaría más, Martínez.

Corrí a pedirle a Primi un café solo. Mientras esperaba
a que me lo diera, caí en la cuenta de que no le había ofrecido
nada a nuestro visitante. Sin duda los nervios me hicieron
faltar a una de mis virtudes más excelsas: el espíritu de
servicio. Así que, sin esperar a que Primi me diera el café,
volví y le pregunté a Don Cayetano.

—¿Quiere tomar algo?

—Un vaso de agua, por favor.

Volví sobre mis pasos, tomé el café solo con una mano
y con la otra el vaso de agua. Yo estaba muerto de sed. El caldito
de berzas debía tener el espinazo entero de una vaca,
pero me abstuve de complicarme la vida rindiendo pleitesía
a otra de mis virtudes más excelsas: el espíritu de sacrificio.
Le di el café a nuestro distinguido visitante y el vaso de
agua a Martínez, dejando patente mi dificultad para ejecutar
órdenes sencillas. Martínez decidió intervenir.

—¿Cómo nos ha conocido? No somos una agencia oficial,
ni detectives registrados. Llegar al Sueños para dar con
nosotros sólo puede venir de una recomendación expresa.

—Así es. Cornelius Van Poppel me habló de usted, parece
que llevó con éxito un caso de chantaje que afectaba a
su entorno más íntimo.

—Y tanto. ¿Recuerda,Manteca, cuando tuve que ausentarme
un par de meses hará ahora algo más de un año sin poder
dar cuenta de mis intenciones y de mi paradero? —preguntó
buscando mi aprobación.

—No.

—Estuve en Montecarlo. Van Poppel tuvo sus más y sus
menos con una camarera del Gran Casino, que resultó ser el señuelo
de un montaje dirigido por su esposa y el amante de ésta
para llevar adelante una causa de divorcio en la que estaban en
juego decenas de millones de euros, un importante holding empresarial
y la propiedad de un equipo de fútbol de la segunda
división holandesa. Sé que lo resolví con éxito, lo que no recuerdo
es cómo. En fin, don Cayetano ¿quiere ponerme al día?

Don Cayetano pareció dudar, y al fin decidió arrancarse.

—Sirvo desde hace unos veinte años a mi señora. Al
principio como guardaespaldas, pero con el tiempo fui ganándome
su confianza y hoy, aunque sigo ejerciendo las labores
de seguridad, realizo funciones más propias de un secretario
y administrador. No ha sido una vida fácil, siempre
hemos viajado por todo el mundo. Y tenía la sensación de
que la mayoría de los viajes eran una huida.

—¿Por qué?

—Por la precipitación, la prisa y el miedo que había en
muchos de ellos.

—¿Y había alguna razón que justificara esas prisas y ese
miedo?

—Nunca me lo decía. Sólo me pedía que saliéramos inmediatamente.

—Pero si eso era lo habitual, entiendo que ha venido
aquí porque algo diferente ha sucedido.

Don Cayetano bajó la cabeza y miró de nuevo a la carpeta
con el manuscrito.

—Soy un hombre práctico, poco dado a fantasías, escéptico
con el más allá y, por lo general, incrédulo. Pero la
señora teme a algo; bueno, siempre ha temido a algo puesto
que soy su guardaespaldas. Pero últimamente los viajes se
hacen con mayor precipitación. Tiene residencias en varias
ciudades por todo el mundo y ya no quiere alojarse en ellas,
lo hace en hoteles, a veces muy cerca de su propia casa. Yo
le he servido con espíritu militar, jamás he cuestionado sus
órdenes y nunca he hecho preguntas. Nuestra relación es rigurosamente
profesional, nos hablamos de usted, y aunque
delega en mí muchas gestiones con bancos, administradores
y abogados, es perfectamente capaz de otorgar confianza y,
al mismo tiempo, mantener una distancia insalvable. He intentado
acercarme a ella en estos años, siempre con la única
intención de ayudar, pero sin éxito. La señora es una mujer
de una belleza excepcional, con un gran patrimonio y multimillonaria
y, si de mí hubiera dependido, habría intentado
ganarme no sólo su confianza, sino también su amor.
Don Cayetano tomó un sorbo de agua. Parecía afligido.

—Últimamente la noto nerviosa. La pasada semana,mientras
navegábamos con rumbo a Mallorca desde Cannes, se
despertó sobresaltada en mitad de la noche, pidió socorro, y
yo acudí al momento, «¡Lo sabe, lo sabe, viene a por mí!»,
gritaba con ojos extraviados. Ella me abrazó con una respiración
agitada, sudaba copiosamente y todo su cuerpo temblaba.
Unos minutos después se calmó y se acostó de nuevo. A
la mañana siguiente no recordaba nada, incluso se molestó
al saber que había entrado en su camarote. No quería creer
lo que le dije que había sucedido. Ahora estamos alojados
en el Palace, y hace dos noches volvió a suceder. Tenemos
habitaciones comunicadas, se despertó pidiendo socorro y
llorando, se podría decir que…histérica, no sé, como poseída,
desatada de terror. Entré, la calmé y estuve unos minutos
con ella y me pidió que me quedara hasta que se durmiera.
A la mañana siguiente ya recordaba lo que ocurrió y
me agradeció la ayuda. Le pregunté si sucedía algo y me miró
como si quisiera contarme algo que no iba a creerme. No me
dijo nada. Y creo que esta actitud está íntimamente ligada a
esta carta. Di con ella cuando cayó de una carpeta portafirmas.
La leí e hice esta copia. La vida de la señora es un gran
secreto incluso para mí, que convivo con ella la mayor parte
del tiempo. Mi intuición me dice que quiso que yo leyera
esta carta para que hiciera algún movimiento. Nunca lo hemos
comentado, pero sospecho que en este momento de su
vida siente un gran peso encima y se siente abrumada. Y esa
es la razón por la que acudo a ustedes.

Don Cayetano asió con fuerza la carpeta y un silencio
sólido y palpable abrazó la habitación. Sentí un estremecimiento
al percibir que un misterio se cernía sobre nuestros
corazones. Aunque, a fuer de ser sincero, no me resultaba
nada difícil sentir temor ante cualquier circunstancia extraña.
Martínez apuró su café y le pidió a Don Cayetano que le
entregara la carpeta.

—Supongo que quiere que lea este relato.

—No es un relato, es una carta.

—Pues esta carta.

—Si me lo permite, yo mismo se la leeré.

—Preferiría hacerlo yo mismo.

—Pero…

—Insisto, don Cayetano.

Las interrupciones y los desaires de Martínez me dejaban
algo contrito. Si me lo hubiera pedido a mí, pese a que
no soporto que me lean nada, hubiera cedido gentilmente y
me habría aguantado. Un cliente es un cliente. Martínez tomó
la carpeta, la abrió y extrajo una carta sin membrete, anónima,
salvo para la señora en cuestión, supongo.

Amor mío:

Vienen días difíciles. Más aun que los que llevas soportando
con admirable entereza. Estamos bien, atentos y
vigilantes. Espero con ansia el instante en que te liberarás
de la abrumadora responsabilidad que el destino ha cargado
sobre tus hermosos hombros.
La Cruz Bizantina ha de estar en la casa de la gobernadora
o en el convento de Santo Domingo. Hemos valorado
todas las hipótesis y esta es, necesariamente, la más
probable.
Te echo de menos. Son muchos años bajo la losa de
una ausencia insoportable. Aprovecho estas letras para enviarte
mi simpatía y todo mi amor. Deseo de todo corazón
que la profecía se cumpla y la ayuda esperada aparezca.
Te veré en Jerez, amor mío.
Tuyo,
F.

Martínez devolvió la carta a Don Cayetano con gesto indiferente.
Yo me revolví en la silla previendo cualquier salida de tono.

—¿Este es el misterio?

Don Cayetano carraspeó incómodo. Yo bufé más que
suspiré y miré a Martínez indignado.

—No, este no es el misterio, es parte del misterio.

—Bien, pues ¿cuál es el misterio?

Don Cayetano inspiró profundamente, negó brevemente
con la cabeza como si fuera a exponer algo que nadie fuera
a creerse. Finalmente se arrancó.

—La señora es de etnia gitana. Pese a que está absolutamente
integrada en la vida y cultura occidentales jamás ha
renunciado a su origen ni a su condición, de la que se siente
profundamente orgullosa. Por lo que he podido averiguar,
sus ascendientes están localizados documentalmente desde
finales del siglo XV.

Martínez dejó la taza vacía sobre el suelo y se recostó
con gesto aburrido, cruzó los brazos y miró al techo buscando
nada. Me enfurecían mucho los aíres que se daba despreciando
oportunidades siendo como era,mejor dicho, como
éramos, unos muertos de hambre. Para arreglarlo, bostezó
sin ningún disimulo a la vez que apremió a nuestro, posiblemente
ya perdido, cliente.

—Perdone que le interrumpa, finales del siglo XV, debe
ser por los Reyes Católicos. Se me hace algo lejano. ¿Quiere decir
eso que nos quedan algo más de quinientos años de relato?

Don Cayetano se irguió en la silla, miró con gran dureza
a Martínez y le expresó con voz grave y trémula.

—La señora es objeto de una maldición que arranca a
finales del siglo XV y que persigue a su familia generación
tras generación...


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